Canto. 200 caballos de fuego de Angel Padilla


11 (Dedicado a los 200 caballos que murieron en los incendios provocados en agosto de 2006 en Galicia.) No eran las lágrimas, ese grueso hielo caliente encajado en tus ojos y rodeando tu cuerpo como una estatua de agua, lo que te impedía escapar del dolor. No eran los edificios del fuego, la opresiva ciudad del fuego, las grandes y apretadas fincas del fuego en que devino el monte, sus altas paredes de llamas las que te impedían huir del dolor. Tampoco era el hirviente dolor que subía de tus pezuñas a la crin como lava de volcán por dentro del hueso el que anclaba tu galope hasta la hierba sin llama. Eran las cadenas, era ese asfixiante zulo de grilletes y cadenas donde el hombre naufragaba tus patas, encadenaba las aves de tus ojos a tu cabeza, que, triste, ya no era de aire ni tu cuerpo de viento entre las copas, y el rayo de tu relincho caía hocico adentro ahogando su luz en tu garganta cuando abajo las cadenas arrastraban su fría carcajada de eslabones. Y ahora atado a la tierra roja de llamaradas aún más altas que las crines rojas, por la escala del fuego llegó al limpio cielo azul tu triste figura muy cambiada en un galope inmóvil que enloqueció al viento y mayor fue la llama en los bosques de Galicia, ascendidos de caballos rojos, ocres, hinchados como vaciados de caballo, y en el suelo decenas de cascos invisibles golpeando enloquecidos y polvaredas de ceniza de hocicos negros intentando aún comer hierba entre el hollín, entrar o bufar aire desde pulmones inexistentes: ser, y en las nubes un silencio que dentelleaba de miedo y en los caballos vivos de todo el mundo una aflicción, un asco al agua, al aire, a mirar las cosas, imantados al suelo en una negra depresión que sus cuidadores no entendían y que sólo invitaba a llorar a caballo y a hombre. Angel Padilla.